Mucho ruido encontramos en nuestras vidas. Proviene del exterior, pero también de nuestro interior. Y tanto ruido impide que escuchemos lo que realmente interesa: a Jesús, que, aunque nos habla siempre, solamente podemos escucharle con total nitidez cuando hay silencio en nuestro entorno. Conviene que, de vez en cuando, nos apartemos a donde podamos oírle con nitidez, apagando todas las voces que nos impidan escucharlo. Con toda seguridad, saldremos transformados y llenos de paz.

«Todos estamos invitados» XXVIII T. ORDINARIO (Mt 22, 1-14) Muchas personas, cuando reciben una invitación para asistir a una boda,





