Nos resulta difícil, a menudo, simpatizar con los que no piensan como nosotros. Estamos tan acostumbrados a volcarnos con quienes militan en nuestro bando que nos olvidamos de que cada persona merece ser tratada con cariño, piense como piense, venga de donde venga, sea justa o pecadora, blanca o de color, lista o ignorante, vote a un partido o al contrario, tenga riquezas o viva en la miseria… Dios no quiere que distingamos entre buenos y malos, sino que descubramos en cada hombre y en cada mujer que son hijos suyos y, por tanto, hermanos nuestros a los que debemos amar.

Hermosa verdad la de que nadie se salva solo. Creer en Jesús, caminar siguiendo sus mandatos, nos ha de llevar





